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La mujer que recolecta uña de gato para que vuelvas a confiar en su valor medicinal

Kilder Tapullima Tuanama habla con orgullo sobre los saberes de su abuelo curandero. “No es que me han contado, yo he visto cómo sanaba a la gente”, asegura. Ella relata que su abuelo se retiró por años en los montes para conocer el espíritu de las plantas, y que con tocarte la mano le bastaba para conocer cuál era tu mal y qué hierba te curaría. El padre de Kilder también heredó estos conocimientos: él solía usar la uña de gato para tratar la tos ferina entre los niños de su comunidad. “Antes, cuando un niño se ponía mal del estómago, las abuelas machacaban sus remedios y, con una sola dosis, ya no tenías esa diarrea o ese vómito”, cuenta Kilder. Ella no fue curandera como su padre y como su abuelo antes que él, pero conoce las propiedades de las plantas medicinales y sabe preparar sus propios remedios. Dice: “A mis hijos los llevo a la posta para su control y sus vacunas. Pero, si les da fiebre o tos, yo ya sé qué les voy a dar. Sé qué planta usar y cuál no, dependiendo de la enfermedad. Tengo diferentes hierbas. Y, en primer lugar, está la uña de gato. Nunca falta en mi casa”.

La uncaria tomentosa —o uña de gato, como se la conoce mundialmente— es una liana trepadora de gran importancia para la comunidad nativa Chirik Sacha, a la que pertenece Kilder. Como muchos de sus miembros, ella vive en el caserío César Vallejo (provincia El Dorado, en San Martín), a tres horas a pie de un extenso territorio comunal con más de tres mil hectáreas al que, por generaciones, han acudido para la caza, la agricultura, la extracción de madera y para la búsqueda de plantas medicinales. Kilder cuenta que los ancianos de la comunidad solían emprender largas travesías en busca de la uña de gato, acompañados por mulos de carga para llevar las cortezas, y porongos para recolectar el agua que brota al cortar la liana. Es un viaje arduo que ella ha hecho en varias ocasiones. “De acá, del pueblo, son cuatro horas caminando hasta el primer cerro. Para subir al segundo cerro son dos horas más y, luego, son cuatro horas de bajada. Allí se encuentra la uña de gato que está permitido aprovechar”, agrega. Si bien esta liana se puede encontrar a lo largo del territorio, la comunidad ha establecido ciertas zonas en las que es posible extraerla.

Chirik Sacha cuenta hoy con un sistema de aprovechamiento sostenible de la uña de gato que se ha desarrollado a lo largo de varios años, con el apoyo de diversas organizaciones aliadas. Entre ellas está el Centro Takiwasi, con base en San Martín, dedicada desde hace más de treinta años a la investigación y difusión de la medicina ancestral amazónica. Uno de sus líderes, el biólogo Fernando Mendive, cuenta que el proyecto nació gracias al interés de Chirik Sacha y de otras comunidades nativas cercanas por llevar las plantas medicinales de sus territorios al mercado. Así, desde el año 2011, Takiwasi comenzó a impulsar una serie de investigaciones y capacitaciones en campo. “Esto implicó entrar al monte, hacer inventarios, tomar las medidas de los individuos y aprender cuánta uña de gato se podía aprovechar sin deforestar. Hoy Chirik Sacha hace un manejo selectivo: hay que subir al árbol, cortar la liana arriba, descolgar, y cortar abajo en un punto tal que permita que la planta no muera y pueda retoñar”, cuenta Mendive. Así, se diseñó un modelo de negocio con enfoque de biocomercio, lo que implica asegurar el respeto del territorio de las comunidades y un reparto justo de los beneficios entre sus miembros. El producto terminado —la corteza de uña de gato envasada— es hoy vendido por la Asociación de Productores de Plantas Medicinales Ampik Sacha (de la que Kilder fue una de sus primeras presidentas) y por el Laboratorio Takiwasi. Mendive agrega que uno de los más grandes logros de su organización fue concretar una licitación de alrededor de 400 kilos de corteza de uña de gato para EsSalud, a finales de 2019. “Fue el cierre de un ciclo. La uña de gato de esta comunidad nativa, que cumple toda una serie de requisitos, llegó al ciudadano peruano a través del seguro”, dice.

Más allá de su uso desde la medicina tradicional, la uña de gato es una de las plantas nativas más estudiadas por la medicina oficial y una de las más difundidas. Solo en 2020, el Perú exportó más de 600 mil kilos, gran parte de ello a Estados Unidos. Alrededor del mundo, la uña de gato tiene fama de “cura para todo” y se ha promocionado sin evidencia concluyente como la solución para enfermedades complejas como el cáncer y el sida. “Evidentemente, esto ha afectado su reputación, ha primado el interés comercial antes que la eficacia comprobada”, sostiene el ingeniero agrónomo Jesús Silva, encargado de los Jardines Botánicos de Plantas Medicinales del Instituto Nacional de Salud. El experto confirma que las propiedades aceptadas por el Estado y que tienen sustento científico son las antiinflamatorias, inmunomoduladoras y su efecto antioxidante. El biólogo Jorge Luis Cabrera, responsable del Herbario de Plantas Medicinales del Centro Nacional de Salud Intercultural, coincide con esto y agrega que la uña de gato ya se emplea a nivel estatal desde la perspectiva de la medicina complementaria. “Si vas a los consultorios de medicina complementaria de EsSalud, te la van a dar en sobres de aluminio y rotulados; incluso te dicen cómo hervirla y macerarla para determinados fines. Te la receta un médico que hace un diagnóstico. Aunque debe quedar claro que esto se hace desde un sistema de medicina oficial. Es un ámbito distinto al de la medicina tradicional, algo que es importante rescatar, por supuesto, y revalorar”, comenta Cabrera.

Kilder Tapullima cuenta que, con la llegada de la posta médica, los comuneros de Chirik Sacha empezaron a perder la costumbre de usar plantas medicinales. “Los abuelitos se siguen muriendo y, si tú no transmites sus conocimientos, éstos se van perdiendo. Aquí la gente ya no usaba las plantas, ya no quería”, dice, y agrega que esto comenzó a cambiar con la implementación de este modelo de negocio. “Es que el vínculo con su identidad es muy fuerte”, comenta Fernando Mendive del Centro Takiwasi. “Para ellos, la relación con las plantas medicinales es algo de la vida cotidiana, que habla de sus raíces. Entonces llega el gobierno y dice que las plantas medicinales son valiosas. O llega un cliente internacional a decir que en todo el mundo la están pidiendo. Y ellos se entusiasman no solo por la oportunidad de vender algo, sino porque les están diciendo ‘oigan, sus conocimientos son valiosos. Y se valoran acá y en todo el mundo’”. Estos días, la comunidad Chirik Sacha está en plena temporada de cosecha de maíz y los comuneros salen al campo desde las tres de la madrugada para evitar el sol. Kilder Tapullima cuenta que todos están trabajando, pues ya están vacunados contra el coronavirus. Ella, por su parte, se está quedando en casa, con sus hijos. Está trabajando en unos tejidos con algodón que ella misma siembra y cosecha. En casa, también tiene su propia huerta, en donde conserva la uña de gato siguiendo el conocimiento que heredó de sus antepasados.

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